lunes, 28 de noviembre de 2016

Zambomba a beneficio de Cáritas. Sábado 10 de diciembre.



Que viene el coco.

¡QUE VIENE EL COCO!

Yo había crecido con las palabras de mi madre diciéndome, “como no me hagas caso va a venir el coco”. El “coco” para mí era el ser más malo que podía existir; sólo con escuchar su nombre me ponía nervioso.
Al igual que unos se criaron con “el hombre del saco”, “cancarrulla” o “el papú”, yo me crié con el “coco”.
Y pasaron los años y, ya a mis trece o catorce, recuerdo un día en que mi padre se presentó en mi casa con una macetita de espárragos, diciéndole a mi madre que se la había traído el “coco”. ¡Vaya tela!, pensé yo. ¿Qué pasa aquí? . Esto no puede ser. Cómo ese ser tan horripilante, tan indeseado y que tantos malos momentos me había hecho pasar, ahora, por arte de magia, le traía a mi padre una maceta de espárragos. ¿Estarían buenos o estarían envenenados? . Aquello me dejó muy pensativo.
Días más tarde, quizás una semana, cuando yo me encontraba en la estancia de las vacas, a la espalda del actual Michelín, en el “alcauchil”, limpiando el suelo de las necesidades vacunas, se presentó un señor con una maceta de espárragos.
- Mira que buenos son hoy, Andrés –dijo dirigiéndose a mi padre-
- No son malos Laureano, no son malos. Toma, para que te invites –dándole unas monedas-.

Cuando se fue el tal Laureano, yo le pregunté a mi padre que quién era, a lo que mi padre me respondió que era el “coco”.
Por fin conocía al “coco”; ese ser tan repugnante, del que todos mis amigos hablaban y del que se servía mi madre para meterme en cintura.
Pero este debería ser otro “coco”, no el “coco” del que todo el mundo habla tan mal y que tiene a los niños más derecho que una vela.
Pues este “Coco”, el de los espárragos, ya con más información, a pesar de la mala prensa que tenía en el pueblo debido a su vida errante y vagabunda, tuvo conmigo un detalle de los que nunca se le olvida a una persona. Y paso a contarlo.

Salimos de madrugada en el 4L, mi padre, Laureano el “Coco” y yo, con el fin de amanecer en el cortijo Manzano (más allá de la cuesta la escalera, en la carretera Arcos-El Bosque), a recoger tres vacas con sus terneros, que había comprado mi padre. El amigo Laureano y yo deberíamos traernos al ganado andando hasta Bornos.


Una vez maniatadas unas a otras, Laureano las cogió de la rienda y yo, con mi varita, las arriaba desde atrás. Paso tras paso, nos encajamos antes del mediodía en la presa. Una vez allí, me dice Laureano, Domin, vamos a comernos el bocadillo. ¡Vaya tela, me lo había dejado olvidado en el 4L! . Pues yo no me lo he traído, le dije, a lo que él me contestó, bueno, eso da igual, ya nos apañaremos.


Nos sentamos a la sombra de los eucaliptos que hay una vez salir del túnel (que por cierto, este fin de semana pasado estuve allí y me sorprendí al ver que lo han cerrado con una gran reja) y sacó una bolsa con tres manzanas. Me fijé que dos de ellas tenían varias picaduras que ennegrecían su superficie amarilla, y la tercera, tan solo tenía una pequeña picadurita, la cual, con la punta de su navaja, la eliminó con sumo cariño. Toma Domin, cómete este pero, me dijo ofreciéndome la manzana en perfecto estado de ser comida. VAYA DETALLAZO.
Desde ese momento, Laureano, a pesar de todo lo que decían de él en el pueblo, me ganó para siempre.
Y a lo que voy, “cada uno cuenta la película como le vaya”.

Domingo

R 28 de noviembre de 2008