sábado, 14 de enero de 2017

14 de enero. San Juan de Ribera.


Celebramos hoy la memoria de San Juan de Ribera, uno de los más insignes eclesiásticos españoles de todos los tiempos.


Sevilla meció tu cuna,
Dio Salamanca tu ciencia
Y acordes cantaron a una
Badajoz y tu Valencia,
Ser vos el mejor prelado
Que jamás España viera.

Así reza una de las estrofas de los gozos que se cantan a San Juan de Ribera en su magna obra: el Colegio-Seminario del Corpus Christi, en Valencia, junto a la urna donde se conservan sus restos mortales. Y pareciera una hipérbole piadosa si no fuera porque el mismo santo papa Pío V, contemporáneo suyo, se refiriera a él como “Lumen totius Hispaniae”. Esta es su historia:
Cuando media Europa ha sido ganada por el protestantismo, en plena crisis eclesial, nace Juan de Ribera (1532). La confusión y el dolor reina en el mundo católico, pero el Espíritu Santo suscita una pléyade de santos para llevar adelante su obra. Entre ellos está nuestro personaje.

Sevillano de nacimiento -hay quien afirma que fue inquilino del palacio Casa de Pilatos-, fue bautizado en la Parroquia de San Esteban, donde se conserva un retrato suyo sobre la puerta de la capilla sacramental. Hijo del ilustre don Pedro Afán Enríquez de Ribera y Portocarrero, conde de los Molares, marqués de Tarifa, duque de Alcalá, virrey de Nápoles y antes de Cataluña. Su madre, doña Teresa de los Pinelos, falleció muy pronto. Fue enviado a la Universidad de Salamanca, que vivía un periodo áureo: lecciones de Francisco de Vitoria, O.P., y de Domingo de Soto, O.P., envía teólogos a Trento, introduce el método teológico salmanticense en Italia. Y en suma, foco del prestigio hispano que batalla con la espada y con la pluma frente a turcos y herejes. Ribera salió discípulo aventajado en aquellas aulas, sacó sus títulos y regentó cátedra en la Atenas española.
Estando para terminar el concilio de Trento, el papa Pío IV le designa obispo de Badajoz cuando aún no tiene treinta años. Para la reforma y santificación de sus ovejas reclutó misioneros y recabó la ayuda del Maestro Juan de Ávila, quien dice con gran consuelo en una de sus cartas: "El obispo de Badajoz ha enviado seis predicadores por el obispado, según él me ha escrito”. Él mismo administra los sacramentos a los enfermos y confiesa en su iglesia. Dormía muchas veces sobre haces de sarmientos y seguía el mismo rigor que en Salamanca. En la predicación puso tal fuego y acierto, que la gente decía: "Vamos a oír al apóstol." Vendió dos veces la vajilla de plata para comprar trigo para los pobres en años de carestía. El divino Morales nos ha transmitido la imagen del obispo de Badajoz: sus facciones revelan a un hombre de nervio, pero limpio de excitación exterior, contemplativo y apóstol, con aires de alta nobleza y finos modales.
La caridad que os devora,
Vendidas van tus vajillas,
Socorre si se la implora
A costa de maravillas,
Pues nunca fue desairado
Pobre que a vos acudiera. (de sus gozos)
El día que saló de su obispado, siendo ya patriarca de Antioquia, para regir la diócesis valentina, dio a los pobres todas sus alhajas, dinero y bienes. Más de una vez había quedado sin un maravedí, pero siempre contó con la bolsa paterna. En Valencia, como en Badajoz, se sujetó a un horario que recuerda hábitos estudiantiles. Se levantaba a las de tres o las cuatro de la mañana y comenzaba el estudio y meditación de la Biblia hasta las siete; dedicaba cuatro horas para el rezo del oficio divino, santa misa, preparar sermones y un breve descanso. A la una de la tarde, audiencia. Se retiraba a las tres, y en la comida sólo tomaba algunos higos secos, uvas o fruta del tiempo. Bebía muy poco, raramente vino con agua. Por la tarde recibía visitas. Después, marchaba a un jardín donde iba acumulando libros y más libros. Volvía a palacio al anochecer, y dedicaba tres horas a la oración. Antes de acostarse tenía unos momentos de recreo con los suyos.
Al rigor ordinario en la comida, añadía ayunos, como en los días de Semana Santa, que se pasaba cuarenta horas sin probar alimento, y, mientras fue joven, tres veces por semana ayunaba a pan y agua. Su criado, Pedro Pascual, se maravillaba muchas mañanas al entrar en su alcoba porque veía la cama como el día anterior, y, para cerciorarse, metía las manos entre las sábanas, y al sentirlas frías, deducía que el patriarca no se había acostado durante la noche. Tenía don Juan ciertos lugares secretos en sus habitaciones, en palacio, en el colegio y en su jardín - biblioteca de la calle de Alboraya, donde escondía las disciplinas y cilicios, que la curiosidad de Pedro Pascual descubría, ensangrentados. Tal vida presagiaba un pontificado santo, como el de Santo Tomás de Villanueva, predecesor suyo, que había fallecido quince años antes, que todos recordaban, y que cuando murió fue tan general el llanto y la pena, que el espectáculo causaba la mayor tristeza. Le llamaban "el arzobispo santo". Vestía un hábito humilde y apedazado, guardó en todo gran pobreza voluntaria. No hizo testamento, porque no tenía de qué. Y para morir totalmente desprendido, renunció en favor de su iglesia los derechos que le correspondían.
Los valencianos se percataron pronto que don Juan de Ribera, su nuevo pastor, aunque joven - llegaba a esta sede a los treinta y seis años -, era viejo en doctrina, virtud y prudencia. Decían los que le trataban que de sus palabras fluía un no sé qué misterioso que infundía juntamente respeto y gozo. Fray Tomás de Villanueva O. A. R. había dejado abiertos con sus fatigas los primeros surcos para la reforma de esta diócesis, que por más de cien años estuvo huérfana de la presencia de sus pastores. Cierto que Ribera tenía ante sí las trazas y el ejemplo del arzobispo limosnero. Pero también una perspectiva ardua: aplicar a sus ovejas la doctrina reformista del concilio de Trento, que acababa de ser aceptado en España: un plan salvador, intenso, y cuyos frutos no se tocarían sino a largo plazo. Estaba también la cuestión morisca, con todos los anteriores fracasos de evangelización y apaciguamiento. Meditaba don Juan cuál sería el método adecuado para aquella tan general y variada misión entre cristianos viejos e infieles astutos, que no otra cosa eran los moros bautizados unas veces por la fuerza, otras voluntariamente, aunque para mayor amparo y encubrimiento de su infidelidad.
Abrió el buen pastor su campaña con las visitas pastorales. Lo mismo aparecía en los fragosos lugares del arciprestazgo de Villahermosa del Río, como en los de la región alicantina. Salía cada año durante tres o cuatro meses a visitar la diócesis (500 pueblos y ciudades y 290 parroquias rurales) predicando en todas las iglesias. Entre los años 1569 y 1610 hizo 2.715 visitas pastorales. Celebró siete sínodos. Los decretos eran pocos, breves y prácticos, para evitar que se dejaran de leer. Son de carácter marcadamente sacerdotal. Fray Luís de Granada, O.P., le consideraba «perfecta imagen del predicador evangélico». Fue comisionado para intervenir en la reforma de mercedarios, mínimos, cistercienses, dominicos y servitas. Fue fundador de la Provincia de la capuchina de la Sangre de Cristo y de las Agustinas Descalzas de Agullent y ayudó a todos los religiosos, pues supo ver en ellos importantes elementos de revitalización espiritual de donde saldrían los grandes brazos para sembrar la reforma.
Tendrá relación personal o epistolar con casi todos los santos que le fueron contemporáneos: San Luis Bertrán, San Ignacio de Loyola, San Juan de Dios, San Pedro de Alcántara, San Juan de Ávila, San Francisco de Borja, Santa Teresa de Jesús, , San Alonso Rodríguez, San Pío V, San Carlos Borromeo, San Lorenzo de Brindis, San Pascual Bailón.

A petición de Felipe III aceptó el cargo de virrey de Valencia y capitán general (1602-04), y acabó con el bandidaje en su jurisdicción, que era una plaga general e inveterada en la cuenca del Mediterráneo. El punto más discutido de su actuación como pastor y consejero de los monarcas Felipe II y Felipe III es el de la expulsión de los moriscos, después de su fracaso en atraerlos a la convivencia nacional y a la fe cristiana, en lo que había trabajado lo indecible durante 40 años. Eso dificultó su canonización, que estuvo detenida cuatro siglos.

El Real Colegio-Seminario del Corpus Christi
Real colegio del Corpus Christi o del Patriarca.
En 1583 fundó ante notario el Real Colegio, y tres años después, puso la primera piedra del edificio. En el acta notarial dice: “Hemos determinado fundar e instituir en la presente ciudad de Valencia, a nuestra costa y de nuestros propios bienes y hacienda, un Seminario y Colegio, así para descargo de nuestra conciencia como para provecho y utilidad de nuestros feligreses, para que en él se instruyan personas en la disciplina eclesiástica”. El domingo 8 de febrero de 1604, aunque el edificio del Colegio no se encontraba completamente terminado, san Juan de Ribera, aprovechó la presencia en Valencia del rey Felipe III, para inaugurar su fundación, trasladando el Santísimo Sacramento desde la Catedral hasta la Capilla del Colegio.
En el capítulo I de las Constituciones de la Capilla, escribe san Juan de Ribera: “Ante todas las cosas presuponemos que lo que nos ha movido a escoger esta obra, fue considerar lo que el Concilio de Trento dice en la sesión 23 Cáp. 18, a lo cual, por ser ordenado por el Espíritu Santo, se le debe humilde y pronta observancia”. “Esta nuestra casa se llama y se ha de llamar Colegio o Seminario, por ser éstos los términos con que dicho Concilio los nombra; y por fundarse para el mismo y principal fin que el santo Concilio pretendió, que es criarse sujetos tales que con virtud y letras ministren en la casa de Dios”. En el capítulo 11 de las Constituciones del Colegio, refiriéndose a los seminaristas, san Juan de Ribera escribe: “Y porque nuestra intención es que de estos tales se provean las iglesias de nuestro Arzobispado y que abunden en ella sacerdotes ejemplares y doctos: encargamos a los rectores que, correspondiendo a nuestro deseo, procuren con gran cuidado y diligencia que los dichos colegiales se críen y eduquen con tan buena y santa disciplina que donde quiera que les vean den noticia de nuestra intención y de su diligencia, y muestren por su comportamiento interior y exterior el provecho que sacan de estar en esta congregación”.
 “Aunque nuestro primer intento ha sido fundar este dicho Colegio-Seminario, siempre ha estado firme en nuestro ánimo un vivo deseo de fundar juntamente una Capilla, o Iglesia, donde se celebren los oficios divinos con veneración del Santísimo Sacramento y de la benditísima Virgen María, Señora y Abogada nuestra. Capilla hermosísima que refleja la personalidad del Patriarca, austero pero con un sublime gusto artístico. Y que en tal Capilla o Iglesia se observe en la celebración de los oficios divinos lo que está dispuesto en los santos Concilios y ha sido observado en los tiempos que florecía la disciplina eclesiástica, y lo que enseñan los autores que escriben de esta materia, a saber, que se digan y canten con toda pausa y atención, de manera que se conozca que los que cantan consideran que están delante de Dios, hablando con la Suprema Majestad suya: que asimismo mueva a los oyentes a devoción y veneración de este Señor y de su santo Templo”.
En la capilla de esta institución sigue adorándose al Santísimo Sacramento con un ceremonial y una liturgia llena de majestad y de sosiego, aun en nuestros días.
Urna con el cuerpo del Santo en la
iglesia del Colegio del Patriarca,
Valencia (España).
Falleció en su Real Colegio, donde se venera su cuerpo, el 6 de enero de 1611. A las pocas semanas se iniciaron las diligencias con vistas a su glorificación. Lo beatificó Pío VI (30 ag. 1796); Juan XXIII le canonizó (12 jun. 1960). Le retrataron El Greco, Morales y Ribalta. Aún pudo ver la expulsión de los moriscos por mandato de Felipe III en 1609. Cuando el anciano pastor murió, los niños cantaban por las calles de la ciudad: "El señor patriarca está en la gloria, con la palma y corona de la victoria." En sus funerales abrió los ojos y se le encendió el rostro para adorar al Señor desde la consagración hasta la comunión del celebrante.

Podemos resumirlo todo en el estribillo de sus gozos:
A Jesús Sacramentado,
¿quién cual vos amar pudiera?
Por ser de dios tan amado,
Sálvanos, Juan de Ribera.
Xavi.





ver también:

NODO. SAN JUAN DE RIBERA, Revista Imágenes - RTVE.es

http://www.rtve.es/alacarta/videos/revista-imagenes/san-juan-ribera/2855969/

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